‘La cocinera del presidente’, Christian Vincent

Francia, siglo XVII. En ese momento y en ese lugar comienza a ponerse orden y concierto en la cosa culinaria, tras una, digamos, caótica en lo gastronómico época medieval. Sucede gracias sobre todo a tipos como Pierre La Varenne, que en ‘El cocinero francés’ certificó por escrito el fin culinario del medievo, y sentó las bases de la cocina tal y como la conocemos ahora. Para que nos hagamos una idea, él inventó algo tan básico como las salsas. Ya véis. Y este auge en los fogones, vino acompañado de la aparición de los cocineros-estrella: su pericia comenzó entonces a ser reconocida, y en la nobleza se los rifaban. Y claro, en plena opulencia de su reinado, Luis XIV se percató de que la pompa podía llegar también a los banquetes que ofrecía en sus palacios. Buscó y rebuscó hasta que dio con el cocinero perfecto, un tal Vatel, que consiguió convertir el acto de comer en un fasto lujoso sin parangón.

Ya vemos que viene de lejos eso de que las primeras figuras de los estados quieran tener en sus fogones a lo más selecto del panorama gastronómico patrio. Cuatrocientos años después, la historia se repitió, y el presidente francés François Mitterrand también puso empeñó durante sus mandatos en dar un toque de distinción en la cocina del Palacio del Elíseo. Esa es la historia que nos cuenta ‘La cocinera del presidente’, una pequeña película francesa de 2013 dirigida por Christian Vincent.

Está basada en el caso real de Hortense Laborie, una cocinera que durante un par de años cambió su pequeño negocio en Périgord por las grandes cocinas de la residencia oficial del presidente francés. ¿Por qué? Lo aclara Mitterrand en un momento de la película: “quiero la comida de mi madre, porque detesto las complicaciones y los platos muy elaborados”. Y eso es lo que nos intenta contar el guión, el choque de un modelo de cocina instalado en el Elíseo, basado en las formas de la Nouvelle Cuisine, con otro anterior a esa revolución francesa culinaria de los años 70 y más tradicional.

la cocinera del presidente_cartel.inddEsas dos formas de entender el uso de los fogones son el único conflicto que nos presenta la película. Pero no lo hace de una forma brillante. Una buena idea es desaprovechada al optar por centrarse en un cruce de egos de cocineros en vez de ir al detalle de los motivos que provocan el enfrentamiento. Si bien vemos cómo se realizan algunas de las recetas e intuímos cuáles son las bases de cada modelo de cocina, el guión no va más allá. Está bien, es una ficción, no se trata de un documental y hay que apostar por el drama, pero es que lo grave es que la película no es nada más. Es eso y ya.

Historia simple, puesta en escena sencilla, interpretaciones dignas. ‘La cocinera del presidente’ es una de esas pelis sin excesivas pretensiones y que se basan en una brillante anécdota que no saben desarrollar a fondo. En este caso sí que es curioso descubrir una faceta de Mitterrand alejada de la política, se revela como un apasionado de la Gastronomía hablando con su cocinera de las experiencias de su infancia, donde era un ávido lector de libros de recetas francesas. Y al final esa es la moraleja que trasciende: la comida es una poderosa evocadora de algunos de nuestros recuerdos más tempranos, aquellos relacionados con el sentido del gusto.

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